–Familia completa con niños sufre una larga odisea–

 

Gastón Monge

Nuevo Laredo, Tamaulipas.- A sus 27 años de edad, Estephan, una joven y espigada haitiana que llegó el jueves a Nuevo Laredo, aún tiene la ilusión de conseguir en Estados Unidos su sueño de ser ginecóloga, sueño que se truncó en su país debido a la extrema violencia que le obligó a abandonar todo, incluso a sus padres y al resto de su familia.

Temerosa y desconfiada al inicio de la plática, esta joven delgada y de rostro alegre accede a la entrevista que se realiza en una banqueta frontal al refugio municipal que está saturado de migrantes de varias nacionalidades, como Haití, El Salvador, Guatemala, Honduras, Venezuela, Cuba, Nicaragua, México y otros países.

Desde que salió de Haití es acompañada por tres adultos y tres niños, pero llegó a México hace un año, después de cuatro años de vivir en Chile, en donde no consiguió trabajo porque no hay, y por algunos problemas relacionados con la discriminación, su cultura y el idioma.

Al salir de Chile comenzó su odisea de viajar hasta la frontera de México con Guatemala. Como pudieron caminaron y viajaron por varios días hasta llegar a Ecuador, Perú y Colombia; de allí viajaron por todos los países centroamericanos, hasta llegar a Guatemala y su frontera con México, un viaje de varias semanas que hicieron sorteando montañas, ríos y selvas, trayecto en el que pasaron hambre, sed, frío y lluvia, además del pago de hasta tres mil dólares por cada país que cruzaron.

“Fue algo feo porque ya no tenemos dinero. Nos pedían dinero en cada país que cruzamos, hasta que llegamos a México, pero no tuvimos muchos problemas”, explicó la joven en un complicado español mezclado con  algo de francés y lenguas nativas.

Sin embargo, aún tiene frescos los recuerdos de la violencia extrema que hunde poco a poco a su país, desde que asesinaron al presidente Jovenal Moïse, en julio del año pasado. Desde entonces Haití se debate en una severa crisis interna que es aprovechada por pandillas que lo controlan casi todo, desde los alimentos hasta los combustibles y las carreteras,  lo que provocó que en los primeros días de este mes fueran asesinadas 234 personas.

En Chile Estephan terminó la preparatoria, pero por la falta de dinero no pudo ingresar a una universidad para estudiar lo que siempre soñó desde que era una niña, razón por la que tiene la ilusión de ingresar en alguna universidad norteamericana, cuando les den la tan ansiada visa humanitaria y se les permita vivir en el vecino país.

 

La integración

 

Esta familia forma parte de los poco más de dos mil 100 migrantes que hasta esta semana tiene en registro la Dirección de Protección Civil en los 10 refugios que hay en la ciudad, y aunque todos están saturados, se permite el ingreso a los que ocupen los lugares de quienes son llamados por las autoridades estadounidenses en el puente internacional.

De ese total mil 400 son haitianos, 420  centroamericanos, 15 venezolanos, dos chilenos y 290 mexicanos distribuidos en todos los refugios.

“Cuando se hizo el listado hace unas semanas, muchos se fueron a Monterrey, pero ya están regresando a los refugios en donde están registrados en una de las listas

De  acuerdo a datos de la Comisión Mexicana de Apoyo a Refugiados (Comar), a diferencia de otros grupos migratorios, entre los haitianos cerca del 40 por ciento menciona que México ya es una buena opción para vivir y trabajar, aunque el idioma sigue siendo un fuerte impedimentos, pero aun así este proceso ocurre todos los días.

“Por su calidad migratoria en México los hace acreedores  a beneficios como tener su CURP, el RFC y estar registrados ante el Imss como trabajadores legales en el país”, explicó el funcionario.

Es por ello que a diferencia de los centroamericanos, los haitianos ya se integraron a la vida cotidiana de esta frontera. Van de compras, visitan sitios de interés, compran ropa y calzado, y se les ve caminar por las calles solos, en familia  o en pequeños grupos en un constante ir y venir al igual que cualquier ciudadano de esta frontera.

Sin embargo, es posible que algunos de ellos no califiquen porque no llegaron a México directamente desde Haití, como el caso de caso de Jovana, una haitiana que rebasa los 30 años de edad. Es robusta y ruda pero de trato amable.

Ella espera ingresar a uno de los saturados refugios, pero tendrá que esperar más tiempo en la calle aledaña a la Casa del Migrante ‘Nazaret’, en donde cerca de 30 haitianos esperan sentados o acostados ser llamado para su ingreso a dicho refugio administrado por la Diócesis de Nuevo Laredo.

Viaja  al lado de su esposo y una hija pequeña de escasos cinco años, quien de inmediato esboza una agradable sonrisa al reportero,  en una clara muestra de amistad y desconocimiento de la difícil situación por la que atraviesan sus padres en esta doble odisea migratoria que reiniciará  cuando puedan ingresar a Estados Unidos.