Tiempo de Opinar
Raúl Hernández
-Díaz Ordaz regaló una gasolinera a José Luis Mejías
-A Eduardo del Río se le simuló su fusilamiento
-Y decretó la muerte del Diario de México
Tiempo de opinar
Raúl Hernández Moreno
La relación de Gustavo Díaz Ordaz y la prensa, fue de claroscuros: mano dura con unos, espléndido con otros.
El escritor Ricardo Garibay escribió en 1975 el libro “Como se gana la vida”, en el que narró sus encuentros con el expresidente después de ocurrida la matanza del 2 de octubre de 1968, lo que él denunció a través de las páginas del periódico Excélsior y exhibió la represión oficial.
Su encuentro con Díaz Ordaz fue provocado por su amigo Norberto Aguirre Palancares, jefe del Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización, cercano al presidente, que un día lo llevó a Los Pinos, a presentárselo, pero lo dejó sólo.
Mientras esperaba ser atendido, Garibay sudaba de miedo. Creyó que sería detenido y golpeado, en represalia por sus críticas. Cuando escuchó su nombre y entró al despacho, el presidente se acercó, le tendió la mano y le dijo: “Me gustan los hombres con huevos. Siéntese don Ricardo”.
Platicaron durante 4 minutos. Al día siguiente Garibay buscó a Aguirre Palancares para reclamarle.
Este le explicó que su encuentro con el presidente era necesario y a partir de ese momento podía estar tranquilo. Y no agregó nada más.
Los encuentros con Díaz Ordaz continuaron hasta el fin del sexenio y el presidente lo retenía en su oficina durante varias horas, en las que recibía a secretarios, gobernadores y toda clase de funcionarios, a los que instruía, regañaba y Garibay permanecía sentado, escuchando, pues, aunque él ofrecía salir, el mandatario no lo autorizaba.
El escritor fue testigo involuntario de la renuncia por escrito que presentó el secretario de Educación, Agustín Yáñez. El mandatario la leyó, montó en cólera y le gritó: “A mi nadie me renuncia, usted se va a ir a la chingada cuando yo quiera”.
En otra ocasión, Garibay mencionó a los estudiantes universitarios y la reacción de Díaz Ordaz fue tremenda:
– ¿Juventud? Esos hijos de la chingada no son juventud ni son nada. Parásitos chupasangres.
Pedigüeños, ingratos, cínicos y analfabetos. Estudiantes universitarios… ¡Carroña! Y ni siquiera tienen guevos para enfrentarse de veras, para dar lo que llaman su batalla. ¡Su batalla…! ¡Su batalla…! ¡Hijos…! ¡Hijos…! – se sofocó, se chupó violentamente los dientes y los labios (casi quedaba sin mentón, y líneas blancas le salían de las aletas de la nariz) y cerró los ojos y apretó con fuerza los párpados.
Díaz Ordaz asumió la responsabilidad histórica por la matanza del 2 de octubre, convencido de que al actuar así salvaba al país de una conjura comunista. Nunca creyó que la democratización que demandaban los estudiantes era seria.
Luego de uno de los encuentros, el mandatario lo acompañó a la puerta de salida y ahí le pidió que pasara con su secretario particular, un licenciado Cisneros, que le entregó un sobre, que Garibay abrió en el estacionamiento y descubrió que eran 10 mil pesos, que le entregaron mensualmente, y con los cuales pudo dedicarse de lleno a escribir libros.
Garibay y Díaz Ordaz no fueron amigos. El presidente confiaba en él, como un confidente, alguien con quien desahogarse. Después de que dejó el poder, no volvieron a verse.
En 1972, Aguirre Plancares le reveló a Garibay que en 1969 había instrucciones de la Procuraduría General de la República de aprehenderlo y por eso se le ocurrió llevarlo con Díaz Ordaz porque de esa manera en la PGR se dieron cuenta que era cercano del presidente y desistieron de detenerlo. Le salvó la vida.
Años más adelante el escritor se justificó por aceptar la iguala de 10 mil pesos mensuales y dijo que a final de cuentas era dinero proveniente de las finanzas públicas, de los impuestos y él pagaba impuestos.
Otro periodista con el cual Díaz Ordaz fue generoso, fue con José Luis Mejías, autor de la columna Los Intocables, que se publicó en la primera página de Excélsior, desde 1964 hasta principios de los noventas.
A Mejías, Díaz Ordaz le regaló una gasolinera, con el objetivo de que no padeciera problemas económicos y pudiera escribir con mayor libertad. Eso no impidió que al periodista utilizar su columna para obtener prebendas y a principios de los ochenta recibió el rancho Los Arcos, en el municipio de San Juan Evangelista, en Veracruz, que le regaló el líder del sindicato de trabajadores petroleros, el siniestro Joaquín Hernández Galicia que no solo le obsequio el inmueble, también lo anunció en la prensa.
Al que le fue mal con Díaz Ordaz, fue al monero Eduardo del Río, mejor conocido como Rius. En 1969, agentes de la Dirección Federal de Seguridad interceptaron y secuestraron a Rius, cuando esperaba el transporte público en una calle del Distrito Federal.
Lo llevaron al área del Nevado de Toluca y ahí los agentes le dijeron que lo iban a matar, por criticar con sus caricaturas a Díaz Ordaz, a quien dibujaba con cara y cuerpo de simio, imagen que los universitarios del movimiento del 68 habían popularizado.
Los agentes de la DFS simularon el fusilamiento de Rius, al tiempo que se reían de él. De pronto, suspendieron el acoso, lo metieron al coche, lo regresaron al Distrito Federal y antes de soltarlo, un agente le dijo que lo admiraba y le solicitó un autógrafo, a lo que el monero accedió con miedo.
La liberación de Rius fue posible porque el expresidente Lázaro Cárdenas, fue enterado de su secuestro y le habló a Díaz Ordaz para pedirle que lo liberaran, lo que se autorizó.
También le fue mal a Federico Bracamontes, director del periódico Diario de México, porque el 23 de junio de 1966, publicó en la portada dos fotografías, una sobre la llegada de varios changos al zoológico de Chapultepec y otra sobre una convención de gasolineros, a la que asistió el presidente. Por error se publicaron equivocados los pies de grabados: el de los changos donde aparecía el presidente y el de los changos en la reunión de gasolineros.
El error desató la ira del presidente y ordenó a las dependencias públicas retirar su publicidad al diario, los comerciantes hicieron lo propio para evitar presiones y el Diario de México terminó cerrando a los varios meses.
Un año después le tocó el turno a la revista Política, de Manuel Marcué Pardiñas, a la que PIPSA, la empresa oficial que ejercía el monopolio del papel que consumían periódicos y revistas, le negaba el producto.
Como era el único proveedor de papel en el país, la revista se obligaba a comparar insumos en el mercado negro, con el consecuente encarecimiento.
Política manejaba una línea crítica contra el gobierno, en un tiempo en que las voces disidentes eran contadas.

