Tiempo de Opinar
Raúl Hernández
Estuvo en Tlatelolco y fue herida
-Criticó a la prensa mexicana por su falta de empatía
-La primera mujer corresponsal de guerra
-Irritó al ayatolá Jomeini
Tiempo de opinar
Raúl Hernández Moreno
16-mayo
El 2 de octubre de 1968, la periodista italiana Oriana Fallaci estuvo presente en la plaza de Tlatelolco, en la protesta contra el gobierno mexicano, de más de 10 mil estudiantes universitarios, acompañados muchos de ellos por familiares y fue una de las víctimas de la matanza provocada por fuego cruzado entre agentes del Batallón Olimpia y el ejército, que dejó más de 300 muertos y más de mil heridos.
Fallaci fue sometida por agentes del Batallón Olimpia, un grupo paramilitar integrado por agentes de la Dirección Federal de Seguridad, cuerpos policiacos y militares, recibió un balazo en la espalda y dos esquirlas en una pierna y después de más de dos horas de permanecer tirada en el suelo, fue trasladada al Hospital Francés, para su atención.
Mientras estaba tirada, el estudiante Manuel Gómez Muñoz, del Conservatorio Nacional de Música y futuro tenor, que había sido contratado por la periodista en calidad de traductor, la protegió con su cuerpo, durante varios minutos.
Fallaci, de 40 años, realizó la cobertura de la matanza, para la revista Look. Ya era una periodista consagrada, que en 1967 se convirtió en la primera mujer corresponsal de guerra, en Vietnam, país en el que estuvo 12 veces en siete años, y criticó tanto al Viet Cong, los comunistas del norte, como a los survietnamitas, apoyados por Estados Unidos. Trabajaba para el periódico L’Europeo. Para ella, ambos grupos eran crueles y los que sufrían eran los civiles.
Fallaci nació el 29 de junio de 1929, en Florencia, Italia. Estudió la carrera de medicina, pero desertó para dedicarse al periodismo, en la década de los cincuenta, del siglo 20.
Trabajó en Florencia, en Milán y en 1956 visitó Nueva York para escribir sobre los famosos y publicó su primero de 12 libros, Los siete pecados capitales de Hollywood, cuyo prólogo firmó el cineasta Orson Wells.
Fallaci cubrió los funerales de Martin Luther King y de Robert Kennedy.
También conoció y almorzó, a fines de 1966, con los príncipes de España, Juan Carlos y Sofía, de los que dijo que eran unos idiotas y que haberse reunido con ellos era lo peor.
En 1970 publicó un libro sobre la experiencia del Apollo XI y para la siguiente misión, el comandante Charles Conrad la visitó en las vísperas del lanzamiento para pedirle consejo sobre lo que debía decir al momento de pisar la luna. Ella le recomendó que si Neil Armstrong había dicho: “Un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad”, él podía decir: “Para Neil sería un pequeño paso, pero para mí ha sido muy grande”, frase que el astronauta pronunció y además llevó una fotografía de Oriana cuando era niña, acompañada de su mamá.
La crónica de lo que vio Fallaci en Tlatelolco la publicó el 12 de noviembre en la revista estadounidense Look.
Relató que cuando apareció en la plaza un helicóptero y lanzó dos luces verdes, ella les gritó a los muchachos con los que estaba en el tercer piso de un edificio de departamentos de Tlatelolco: “Muchachos, algo malo va a pasar. Ellos han lanzado luces. Me contestaron: ‘Vamos, usted no está en Vietnam. Pero yo repliqué: ‘En Vietnam, cuando un helicóptero arroja luces, es porque desean ubicar el sitio a bombardear.
“No más de tres segundos después, escuchamos el fuerte ruido de carros militares acercándose y estacionándose alrededor de los lados de la plaza. Los soldados saltaron con su ametralladora y abrieron inmediatamente. No al aire, como para amedrentar, sino contra la gente. En seguida, nos dimos cuenta que en los tejados había más soldados con ametralladora y pistolas automáticas. Habían estado ocultos”.
La periodista fue dura con la prensa mexicana: “Me asombran también las noticias en sus periódicos. ¡Qué malos son sus periódicos, qué timoratos, qué poca capacidad de indignación! ¡Qué Olimpiadas ni qué nada! Apenas me den de alta en este hospital, me largo”. Y es que, durante los meses previos a la matanza, a partir de julio, la prensa mexicana fue aliada y cómplice del gobierno, salvo raras excepciones, como la revista Por qué. La prensa, tanto escrita como en la radio y la televisión, se dedicó a desacreditar a los estudiantes universitarios, a los que se pintó como agitadores y comunistas que buscaban implementar el socialismo en el país.
En 1974, la italiana publicó el libro Entrevista con la historia, que recoge entrevistas a 27 personajes internacionales, desde Henry Kissinger, Golda Meir, Yasir Arafat, Indira Gandhi, al terrorista palestino George Habasch.
No son entrevistas tersas. Fallaci se documentó, los confrontó, los desmintió, les hizo las preguntas más duras y no se amedrentó ante ninguno de ellos.
Una de las entrevistas más controvertidas fue la que le hizo a William Colby, director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de 1973 a 1976, a quien entrevistó en la villa donde este vivía, cerca de Washington, junto a su mujer y sus dos hijos.
La misma Fallaci dice que no fue una entrevista, fue una riña, en la que le reprochó el dinero que la CIA invertía para derrocar gobiernos, como en Chile, con Salvador Allende, en septiembre de 1973, a pesar de que había ganado de manera democrática.
Colby negó la intervención de la CIA, pero ella lo acorraló. También le reprochó el dinero que se entregaba a Italia para combatir a los comunistas y él estuvo de acuerdo.
Le preguntó porque la CIA se tomaba el derecho a matar adversarios y le dijo que no podían actuar como polizontes del mundo. También le preguntó del uso de la mafia que hacía la CIA
El 12 de septiembre de 1979, Fallaci consiguió una entrevista con el ayatolá de Irán, Ruhollah Komeini, conocido como Jomeini. La italiana fue obligada, a cambio de recibirla, a ir descalza y cubierta con un chador, un velo que cubre desde los pies a la cabeza a las mujeres musulmanas y la sentaron en el suelo, sobre una alfombra.
Le cuestionó si era correcto disparar a una prostituta, a una mujer infiel, a un hombre que ama a otro hombre. El clérigo explotó dijo que eso era corrupción y negó que fuera verdad lo de la mujer infiel. Fallaci le replicó que la noticia había salido en los periódicos y el otro contestó que, si era verdad, la mujer debió haber hecho algo grave, recomendó preguntar al tribunal responsable, se dijo cansado.
La metralla siguió: “Por ejemplo, este chador que me obligaron a ponerme para venir a verlo, y que usted insiste en que todas las mujeres deben usar. Dígame, ¿por qué las obliga a esconderse, abrigadas bajo estas prendas incómodas y absurdas, que les dificultan trabajar y desplazarse? Y, sin embargo, incluso aquí, las mujeres han demostrado que son iguales a los hombres. Lucharon como ellos, fueron encarceladas y torturadas. Ellas también ayudaron a hacer la revolución”, cuestionaba y preguntó ¿cómo se podía nadar con un chador puesto?
Jomeini respondió que no era asunto de Fallaci, que, si la vestimenta islámica no le gustaba, no estaba obligada a usarla. “Porque la vestimenta islámica es para mujeres jóvenes, buenas y decorosas”, le espetó. Y ella no dudó. Se sacó la prenda de un tirón. Aprovechó el “permiso” y le dijo: “Es muy amable de su parte, imán. Y ya que lo dice, me voy a quitar este estúpido trapo medieval ahora mismo. Listo. Pero dígame algo. Una mujer como yo, que siempre ha vivido entre hombres, mostrando el cuello, el pelo, las orejas, que ha estado en la guerra y ha dormido en primera línea, en el campo de batalla, entre soldados, según usted, ¿es una mujer inmoral, atrevida e indecorosa?”.
El ayatolá se ofendió, se levantó de un salto y se fue.
La entrevista se reanudó 24 horas después y el hijo del ayatolá. Ahmed le dio un consejo a la periodista: su padre seguía enojado, muy enojado, así que mejor que no mencionara la palabra “chador”. Pero, Fallaci era Fallaci.
Volvió a encontrarse con el ayatolá, le dio “rec” a la grabadora y retomó el tema. Le gustaba desafiar. Contó: “Primero me miró con asombro. Asombro total. Entonces sus labios se movieron en una leve sonrisa. Luego, la leve sonrisa se convirtió en una sonrisa de verdad. Y finalmente, en risa. Se rió, sí. Y, al terminar la entrevista, Ahmed me susurró: ‘Créeme, nunca vi reír a mi padre. Creo que sos la única persona en este mundo que lo hizo reír”.
El 27 de agosto de 2005, la periodista se reunió una hora, en privado, con el Papa Benedicto XVI, en la residencia de Castel Gandolfo. No fue una entrevista, fue una audiencia privada, que la Fallaci solicitó, a pesar de ser atea.
El contenido completo de esa reunión, no se sabe al detalle, pero durante la misma la periodista le habría cuestionado al Papa si era posible un diálogo entre cristianos y musulmanes, de la misma manera en que el Papa había aceptado reunirse con ella, una no creyente.
Con anterioridad, Fallaci había criticado al Vaticano por lo que consideraba una posición débil frente a los excesos de los musulmanes, por el trato de objeto que le dan a la mujer.
Fallaci murió el 15 de septiembre de 2006, en su natal Florencia, a los 77 años de edad, para entonces ya tenía fama como una de las mejores periodistas de la historia y para muchos, la número 1.

